21 septiembre 2014

La belleza de lo simple

Lo sabemos, lo sé, pero nos empeñamos en negarnos a hacerlo adecuadamente. La simplicidad, una gran virtud de casi todo sistema, propuesta, idea, evaluación y que sin embargo, y paradójicamente, nos resulta tan complicada.

Hace unos días, alguien a quien respeto y admiro, dijo, en el contexto de una conversación para la organización de un evento, "K.I.S.S.". Ni más ni menos. Yo me quedé un tanto despistado con lo que quería decir, pero para eso está San Google (y la explicación posterior que dio, claro): "Keep It Simple, Stupid!". Y no le falta razón.

Habitualmente nos enzarzamos en pomposas justificaciones, en complejas y complicadas formas de evaluar una propuesta o idea, en retorcidos discursos que sostengan nuestras opiniones, en diseñar productos con funcionalidades que crecen de manera exponencial. Parece que lo rimbombante es más robusto, pero lo es solamente en cuanto nubla la realidad. Un compañero de trabajo, una vez me contó una anécdota según la cual un funcionario de cierto grado le comentó: "El mejor informe es aquél que no se entiende. No hay manera de rebatirlo". Y quizá, esa sea la razón por la que nos complicamos con todo, porque es la manera de evitar la confrontación.

Todo elemento que dificulta la comprensión, el uso, la claridad o la puesta en práctica, es pernicioso. Cada día lo tengo más claro, aunque no tanto cómo hacerlo sin caer en nuestras propias trampas y perder el juicio.

Y si hablamos de emprendimiento, modelos de negocio e innovación, algo que en este blog se toca a menudo, también. Parece que cuanto más vueltas, mejor. Y resulta, al contrario, que cuantas más vueltas peor. Peor porque se diluye la esencia, se pierde el foco (¡bendito foco!), se introducen elementos distractorios, se incrementan los elementos susceptibles de fallo, se confunde al cliente... nada hace pensar que a menor simplicidad, algo sea mejor o aporte más valor.

Más allá del K.I.S.S. (que según la Wikipedia se le atribuye originariamente a la Armada Estadounidense), a lo largo de la historia han sido muchos los que han tratado de poner de relieve (¡y seguimos sin aprender!), la potencia de la sencillez: 
Ockham y su principio de la navaja: "en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta"
-  Leonardo Da Vinci: "La simplicidad es la máxima sofisticación"
- Albert Einstein: "Todo debería ser realizado tan simple como sea posible, pero no más"
- El Principito: "La perfección no se alcanza cuando no se puede añadir nada más, sino cuando no se eliminar nada más"
-  Steve Jobs: "Lo simple puede ser más duro que lo complejo: tienes que trabajar muy duro para pensar y hacerlo simple. Pero al final merece la pena porque cuando llegas ahí, puedes mover montañas". Y ahí está Apple.
- Bruce Lee: "El cúlmen de la práctica lleva a la simplicidad. Una práctica a medio camino lleva a lo ornamental"
- Edward De Bono: "La búsqueda de la simplicidad nos ha de permitir volver a pensar en todo, no sólo en las áreas problemáticas"
Si esto no os convence, ya poco puedo hacer.

La simplicidad, sin embargo, en la línea apuntada por alguno de las personalidades anteriores, no debe caer en el extremo, en el sentido de que eliminar aquello necesario, es un error. Si es necesario incorporar algo para mejorar su compresibilidad, facilidad de uso, etc, entonces forma parte de los elementos que lo hacen simple. No caigamos en el radicalismo, no hay ninguno saludable.

La sencillez ha de servirnos para no desviarnos del camino, evaluando cuanta complejidad estamos incorporando y la necesidad de cada añadido. Desde luego, no es una tarea banal, pero conviene que juzguemos con mirada crítica aquello que hacemos, con el filtro de la simplicidad. Tanto en los negocios como en lo personal. A menudo nosotros solos nos metemos en la boca del lobo.

Porque la simplicidad, cuando se logra, es muy bella y lucrativa (y no necesariamente en términos económicos, que también).

Fotografía: Chupa Chups Bajo Licencia CC BY-2.0
Autor: Juanedc

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